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domingo, 13 de enero de 2019

Una mañana

El mundo siempre puede volverse aún más insignificante. Siempre pueden las personas viles serlo aún más, la miseria intelectual no tiene límites.

Se enaltece una figura, sus valores, su ideología, y no se imponen, pero se les proclama como valores e ideologías que debieran prevalecer. Se disfraza con buenas intenciones la mediocridad, los hechos no significan nada, solo importa la intención y lo que diga El Líder. No entiendes, porque te opones a él. Debes dejarte llevar. Ser parte de.

Los líderes ciegos, los líderes que solo escuchan sus propias palabras. Solo necesitan convencerse a sí mismos.

La vida se puede volver tan insignificante como uno lo desee. La de los demas, la propia. Nunca hay suficiente silencio para poder escucharse a uno mismo. En las demás personas no está la propia paz. La vida se puede realmente volver insignificante cuando una sola cosa la ocupa, y se olvida uno de que además hay cielos, flores, palabras con significados que no imaginamos. La muerte significa algo más, mucho más de lo que te acostumbras a creer.

Necesito.
¿Qué es lo que necesito?

sábado, 27 de octubre de 2018

Pessoa

Sobre las nubes, el sueño
la nostalgia, el dolor, Lisboa,
blanco el sol y fantasmas dentro
de las sombras.

Recuerdo del paseo
de almas entre sus renglones
entre sus lluvias, luces
gris rostro inexpresivo.

Hondo abismo de verdad
y fria mañana, encontrada
al final del laberinto
llamado Noche.

Invocar rebaños,
llamar al desasosiego,
cambiar quién se es,
Lisboa...

martes, 24 de julio de 2018

Un momento estático

Un momento estático
dañado por el viento
por el frío inclemente
por sí mismo con sus uñas
y sus dientes
por el fugaz olvido
por la memoria deficiente
por el deseo de revivirlo.

Una mano extendida
que se encuentra con otra
en la honda oscuridad que las rodea
que no la buscaba
pero una vez unidas
construyeron más momentos
estáticos congelados por el viento
frío que los hizo correr.

Y corrieron tras el viento
tras esos momentos
uno tras otro
estáticos
tras sí mismos.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Púrpura

Hay recuerdos que tienen un lugar especial en la memoria. Es posible volver a vivirlos al percibir el estímulo necesario, sea este un aroma, una melodía, una imagen. Pero el recuerdo no se limita solamente a ser la estimulación de los sentidos y la rememoración de ciertas circunstancias. En ellos hay, además, una percepción distinta del tiempo y sinfín de sentimientos y emociones. Son sueños que vienen en la vigilia, son deseos de volver a cierto lugar en un particular punto del tiempo. De lo que olvidamos muchas veces ni siquiera somos conscientes, pero hay aquello cuyo recuerdo no se irá jamás.

Tengo muy presente que mi abuela (la madre de mi padre) fue quien me inculcó gustos que perduran hasta estos días. Cuando mis hermanos y yo la visitábamos siempre nos daba café, a pesar de que éramos unos niños y realmente no lo acostumbrábamos entonces. Eso lo recuerdo a menudo, también cómo siempre nos daba un tipo muy específico de dulce con chocolate, que no fue hasta muchos años después que supe cómo se llamaban.

La verdad es que aprender lo que es la muerte siempre es algo cruel, pues recuerdo que entonces fue que aparecieron en mi cabeza ideas que hasta la fecha recurren con frecuencia. Emil Cioran describía su infancia en Transilvania como el periodo más feliz de su vida, más tarde haciendo referencia a ella como su “paraíso perdido”. Y sí, ese paraíso también lo perdí yo.

Experimentar la muerte de alguien querido es algo para lo que nadie está preparado. Puede uno hacer reflexiones sin fin sobre el tema, leer, conversar con alguien para conocer su experiencia, etcétera, y nunca tener una idea cercana de la magnitud que ello tiene. Siempre es distinto para todos. En ello está, sin embargo, una verdad universal: la muerte es inevitable. Ahí reside el punto de partida de muchas decisiones de mi vida. No en la futilidad del deseo de inmortalidad, sino en la muerte per se.  (¿Ser médico? Siempre he pensado que el origen de ese deseo esta en una especie de fantasía por querer remediar la muerte...)Y nuestra vida está llena de muertes. De desconocidos, de familiares, de amigos, de cientos, de pocos. Todas distintas. ¿La muerte nos enseña algo? ¿Qué, precisamente? Dudo que haya forma de explicarlo claramente. ¿Entonces nos volvemos sabios a través de terribles experiencias? Definitivamente no. No por la experiencia por sí misma. 

Y así como vino la primer muerte a mi vida, vinieron otras. Ninguna más fácil que otra, ninguna comprensible del todo. ¿Qué había qué comprender? Aún no lo sé, pero lo que siempre está ahí es esa sensación de desasosiego, de confusión. Si bien el duelo se supera, la herida no sana por completo. No soy una persona que tenga la costumbre de visitar el cementerio, pero es como si nunca saliera de ahí.

Mucho tiempo después de la muerte de mi abuela paterna, tenía en mis manos nuevamente uno de esos caramelos que solía darnos. Al sentir su sabor, percibí mucho más que lo que tenía en la boca.